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Un día completo en Xining e imposible aprovecharlo mejor. Habíamos disfrutado del magnífico monasterio de Kumbum y los paisajes de las montañas Riyue que rodean el sagrado lago Qinghai. Incluso tuvimos tiempo de dar un buen paseo por la ciudad de Xining en la que, de haber tenido más tiempo, no nos hubiera importado pernoctar otra noche. Pero, en poco más de una hora nos montábamos en el Transtibetano, el tren de las nubes, llamado así por ser la línea férrea más alta del mundo y que nos llevaría directamente hasta Lhasa. Teníamos los billetes y todos los papeles para abordarlo. Todo este galimatías de tickets, permisos y demás lo habíamos gestionado con la agencia de viajes Youlan Tours, la que se encargó de organizar nuestro viaje por Tíbet. Ni un solo pero con esa gestión, todo iba sobre ruedas y confieso que teníamos muchas ganas de subirnos a ese tren…

Así fue nuestra ruta por Tíbet y aquí todos los artículos que le dedicamos a este maravilloso viaje con las recomendaciones para organizar un viaje a Tíbet, todos los datos de interés de nuestro viaje y la ruta y escalas de nuestro recorrido por Tíbet:

Recorrido de 16 días a través del Tíbet, la distancia entre Lhasa y Katmandú con Youlan Tours

Las siete de la tarde y toca abandonar Xining hacia la estación de trenes. Con un mínimo de una hora se deben iniciar los trámites de embarque. Acompañados por Sherry cruzamos el primer de los controles. Pasaportes, billetes y carta de invitación. Tras ello un control de equipaje en el que no nos ponen ningún problema. La verdad es que esperábamos mucho más control y se limita a un scanner que no miran con mucho interés. A partir de aquí, Sherry no puede seguir para ayudarnos. Una mega estación con paneles en chino tal vez no animen mucho, pero tenemos claro dónde y cuando tenemos que ir…

La espera se hace interminable. Una “cola de las chinas”, tensión, nervios… pero unos 20 minutos antes, ¡comenzamos a entrar en el andén! Solo un control electrónico del ticket y el revisor que comprueba pasaportes, visados y permiso. Para las 20:15 nos acomodamos en nuestro compartimento, o eso creíamos…

A bordo del Transtibetano 

El famoso tren de las nubes tiene bien merecido el acrónimo. No en vano ostenta el récord de ser la línea de ferrocarril más elevada del mundo. La línea, tras muchas décadas y dificultades en su construcción, comenzó a funcionar en 2006. Una obra de ingeniería no exenta de polémica, pues fue vista desde algunos sectores como el medio perfecto para acelerar la colonización de la región de Tíbet.

Casi la mitad de su trayecto discurre por encima de los 4000 metros, alcanzando los 5000 en el paso de la montaña Tanggula. Por este motivo todos los compartimentos y vagones van equipados con tomas de oxígeno. En caso de problemas, llamando al revisor te facilitarán los tubos necesarios para su administración. La mencionada altura de la línea férrea, la convierte como digo en la más alta del mundo. Pero no es el único récord que ostenta: el túnel en altitud más largo, el puente más largo… sin duda una faraónica construcción en la que se invirtieron mucho miles de vidas y muchísimos millones de euros.

Además, 550 kilómetros de la línea permanecen bajo el suelo helado, el que ya conocíamos como permafrost y del que habíamos leído en el Transiberiano. Este permafrost fue uno de los mayores quebraderos de cabeza de los ingenieros chinos que lograron finalmente la estabilidad de la catenaria, a pesar de los cambios de la base sobre la que apoyan, con una solución tan antigua como ingeniosa.

Estación de trenes de Xining, a punto de subir al tren de las nubes

Las opciones de viaje en el Transtibetano

El Transtibetano, al igual que muchos de los trenes de China o el Transiberiano, tiene tres posibilidades de billetes, que por precio son: asiento duro, cama dura y cama blanda, siendo el primero el más económico. Una vez descartada la opción de asiento en un viaje de 24 horas como este, nos quedaban pues las dos opciones en cama. Y la realidad es que no tuvimos elección, nos compraron cama dura que era lo que quedaba (parece poco atrayente la manera de llamarla…). Se trata de una cama, no necesariamente más dura que sus vecinas “camas blandas”, que en este caso no se puede convertir en asiento y asignada en un compartimento abierto para seis personas en tres alturas de literas. Esta es, a efectos prácticos, la única diferencia, puesto que la conocida como cama blanda, es la misma cama pero en compartimentos de cuatro, con solo dos alturas de literas y cerrados. Esto quiere decir, más espacio, una mesita central e incluso enchufes individuales en algunos convoyes más modernos. Eso si, también supone mayor precio (más de 200 dólares en el trayecto completo Shanghai-Lhasa).

En cualquiera de los casos, el baño es compartido. Igualmente, sea cual sea la categoría del pasaje, facilitan ropa de cama para el viaje: sábanas, un nórdico y almohada con funda. Todo en impecable estado.

En los pasillos, uno de los bienes más preciados, las mesitas con dos sillas plegables junto a la ventana. Y cada pocas, en alguna, el premio gordo: los enchufes.

Nada más llegar la liamos, no es fácil entender los billetes de tren y a pesar de las explicaciones de Sherry acabamos en el compartimento de al lado… Difícil explicar la que montamos en pleno embarque con unos pasillos súper estrechos, nuestras mochilas apalancadas en el compartimento equivocado y miles de chinos (bueno tal vez menos) tratando de pasar con sus enormes maletas en todas direcciones. Pasado el calvario, por fin, ahora si, en el lugar correcto. Compartiremos las próximas 24 horas con una pareja joven de chinos y dos señores algo más mayores, no es fácil ponerle edad a esta gente.

Con puntualidad suiza, a las 8:30 se pone en marcha el tren. Al poco, “entablamos conversación” con la pareja más joven. Todo lo que se puede, mientas poco a poco nos damos cuenta de que somos el auténtico espectáculo del tren. Viven en Beijing y también viajan a Tíbet por turismo. Difícil con su inglés y nuestro chino llegar a mucho más pero desde luego interés le ponemos.

Al poco, el revisor nos suelta ¡un papel en chino para firmar!. Intuimos que es una declaración que leímos hay que rubricar en la que eximes a la compañía de cualquier problema derivado del mal de altura en el trayecto. Con la inestimable ayuda de nuestros nuevos vecinos, acertamos la casilla del nombre, la edad, el sexo y poco más. Ponemos el ok en dos casillas de verificación y firmamos. Sea lo que sea lo firmado ya está hecho.

Cerca de las diez de la noche, sacamos nuestro flamante jamón al vacío (leéis bien…). Con el estupor de todo el vagón, nos preparamos y metemos un bocata de jamón, del de verdad. Además, el pan que compramos ayer en el mercado musulmán está bien rico. Momentos únicos desde luego. Conversamos un rato con un francés que vive a caballo entre China y Francia con su esposa desde hace muchos años. Nos cuenta que hace más de 20 años que trata de realizar esta ruta sin éxito. Se le nota la expresión de alegría.

A las diez apagan la luz y el vagón va enmudece poco a poco. No mucho más allá de las diez y media y con gran parte del pasaje ya con pijama y, hace un rato, abrazados a sus almohadas, literalmente, nos acoplamos en la cama en busca del sueño. Más bien los sueños, el terrenal, el del descanso y ¡el de llegar a Lhasa!.

Lhasa, probablemente uno de los grandes retos de cualquier viajero. El Tíbet en si, ese misterioso lugar repleto de incógnitas que estábamos ansiosos por ir resolviendo. Para nosotros viajar al Tíbet se convirtió hace años en poco más que una idea, un sueño tal vez. Tras recorrer muchos lugares, te preguntas ¿porque no?. Aun así, la consciencia de esa posibilidad tardó en tomar forma, son muchas las dificultades y siempre quedan otros destinos. Hasta que llegó un momento en que alguna cosa encendió definitivamente el deseo y ya no hubo modo de pararlo. Por muy complicados que fueron los trámites de entrada a Tíbet, por caro que pueda parecer un viaje al Tíbet o por cuanto suponía una aventura a 4000 metros de altura, miedos e incertidumbre, quedaron todos de lado. Meses de preparación y organización con Irene de Youlan Tours y allí estábamos, a menos de media jornada de pisar la tierra de los tibetanos.

Pero por delante, cuando amanecía y ya andaban los pensamientos enfrascados en estas y otras cosas, todavía quedaban bastantes horas de viaje. De momento aquellas respuestas tendrían que esperar.

Lunes 10 de Septiembre de 2018

Unas ocho horas de sueño acompañados por el agradable traqueteo del tren fueron suficientes. Los 8000 caballos de potencia que desplegaba aquella locomotora poco a poco sorteaban los desniveles de más de 2000 metros acercándonos cada vez más a nuestro objetivo. Para mi, que dormí en la litera superior, reconozco que el escaso espacio hasta el techo se me hizo por momentos claustrofóbico y me despertó en algunos momentos de la noche pero en general fue bastante reparador. A las seis ya no había manera de volver a dormir así que baje de mi pequeño nicho y aproveché para cargar los dispositivos electrónicos. Hay pocos enchufes en el pasillo de los vagones y a estas horas estaban libres.

De momento sin saber la altitud por la que discurría el viaje, la cosa no iba mal. Era previsible que hubiéramos llegado a los 4000 en tramos y a partir de aquí el tren se convertía en una suerte de montaña rusa. Por suerte, como digo, ningún síntoma que fuera motivo de preocupación.

Siete de la mañana, el revisor abre las cortinillas, enciende las luces y comienza el desfile de sopas y desayunos. Silenciosos, no son… De momento, llanuras inmensas pasan frente a la ventanilla. Poco más que describir del paisaje. Algunos rebaños de yaks, algún camión… Por momentos pensamos que seguimos a bordo del Transiberiano en el extremo más oriental que recorrimos hace años.

El día completo de recorrido en tren entre Xining y Lhasa da para mucho…

El paisaje se va volviendo mas verde y los rebaños de corderos y yaks aumentan en número a medida que los pastos son más apetecibles. Seguimos “conversando” con la pareja que nos acompaña y un anciano se suma a la charla. El momento de preparar nuestros cafés se vuelve un espectáculo de nuevo. Nuestro amigo francés que anda dando un paseo y tiene un reloj con altímetro, nos dice que estamos pasando ahora por un área a 4500 msm. Todo el que pasa por aquí, para un rato a observarnos. Nuestro nuevo amigo nos sirve de traductor y va informando de nuestro recorrido a todos cuantos se interesan. No se puede negar que son simpáticos estos chinos.

Paseamos arriba y abajo por el tren. Llegamos hasta el vagón restaurante, donde y aunque no podamos creerlo, ¡hay karaoke! En este, que es una especie de bar, la consumición mínima por persona es de 60 yuanes. Más adelante está en restaurante como tal. Así que tomamos un zumo, unas palomitas y aprovechamos comprando unas aguas para completar el gasto (aquí cobran 10 yuanes por la botella pequeña). Echaremos un buen rato aquí.

Sobre las 11 de la mañana pasamos por el punto más alto del recorrido, el paso de la montaña Tanggula por encima de los 5000 msm. De vuelta a nuestro sitio, vemos en algún compartimento gente enchufada al oxígeno y más adelante, en un pasillo, una persona tumbada con una palidez más que manifiesta. La mantienen tumbada y una muchacha, entendemos que la sanitaria del tren, se encarga de su atención. Desde luego no es para bromear el problema de la altura. De momento seguimos bien salvo un leve dolor de cabeza y una sensación intensa de estar cansado. Nos tumbamos. Todavía unas horas por delante hasta Lhasa. El tren huele a noodles, nunca pensé que pudiera escribir esto…

Esperemos llegar pronto. El baño ya no tiene calificativos. Según avanzamos, se acumulan más “cosas” una encima de la otra. Y cada vez que bebemos, más necesaria se hace su visita.

Será porque descendemos un poco, porque nos metemos un bocata de jamón y otro café espresso o porque enchufan el oxígeno en los compartimentos, pero lo cierto es que poco a poco se nos va pasando a los dos el mal momento.

Aprovechamos el viaje para disfrutar de las ventanillas y lo que ofrecen del otro lado, para ponernos al día con el retoque de fotos y los diarios, nos conectamos… En este punto decir que la wifi del tren fue inservible para nosotros pero no tuvimos gran problema para conectarnos con el router mifi y la tarjeta local que llevábamos. Otro cantar fue el funcionamiento del VPN que solo lo hizo a ratos, al menos matamos algunos minutos con ello. Las dos últimas horas el paisaje se vuelve memorable, ¡estad muy atentos!

Y también aprovechamos para leer y ponernos las pilas con respecto a la cultura tibetana, el budismo y el modo de vida de los tibetanos. Ahí va un breve resumen de lo que alcanzamos a entender y que probablemente sirvió de mucha ayuda durante el resto del viaje.

El budismo tibetano

El tibetano es un pueblo profundamente religioso y merece la pena adentrarse aunque sea de modo superficial en el budismo, la religión que mayoritariamente profesan. La vida del tibetano está tan impregnada y condicionada por su religión que sin un conocimiento somero de la misma, perderemos muchas oportunidades de entender su modo de vida. De hecho, lo primero que sorprende del pueblo tibetano, es su cordialidad, su hospitalidad y su tolerancia; todo ello simbolizado en las amplias y sinceras sonrisas que te regalarán allá donde vayas en Tíbet.

Y es que la religión budista basa gran parte de su condición en conseguir méritos, cuidar el karma, ese “algo” que conseguirá un mejor renacimiento. Pero vayamos por partes. Entiéndase que esto es un resumen de un profano tras hacer un viaje al Tíbet y fruto de ratos de lectura durante el camino. Cualquier error es solo “mea culpa”.

La religión budista se originó en la India allá por el siglo V antes de Cristo. En esta época, nació Buda, en Lumbini, actual Nepal. Hijo de una familia noble, se casó, tuvo un hijo pero a pesar de su cómoda condición, terminó por abandonar todos los placeres mundanos de su vida en busca del origen del sufrimiento del hombre. Casi nada se planteó en hombre. Tras muchos años de estudio, de meditación, de debatir con otros maestros y otros discípulos, concluyó, en base a su propia experiencia y huyendo de revelaciones místicas propias de otras religiones, que existe un camino medio entre el placer terrenal y el ascetismo riguroso, un camino que no necesariamente lleva a la renuncia completa aunque si a la moderación. Así hace hincapié en conceptos como la no violencia, la serenidad, la compasión o la consciencia del momento presente.

Para el budismo tibetano, la vida es un ciclo continuo entre la vida, la muerte y el renacimiento, una rueda sinfín de la que únicamente se sale tras alcanzar la iluminación. Este estado de iluminado es al que se llega a través de un profundo conocimiento y la meditación. Mientras tanto, no queda otro remedio que vagar de vida en vida, que pueden ser muy buenas, con riquezas, poder e incluso como dioses, hasta muy malas, como insectos. De aquí viene una de las razones que más condiciona ese modo de vida al tibetano budista.

En función de tus actos, es decir, el azar, tiene escasa o nula importancia en este punto, acumularás más o menos karma para tus próximas reencarnaciones. Cualquier acción durante la vida, tiene su consecuencia y por tanto es importante acumular “buen karma” y hacer méritos para ello. No se trata de premios o castigos, son, simplemente, resultados de tus acciones. Actos, como por ejemplo, llegar a entregar un hijo para que se convierta en monje, mejoran ese karma. Y lejos del concepto de monje que se pueda tener, este estado no es más que un estudioso, una persona dedicada íntegramente al aprendizaje. Las doctrinas como las matemáticas, la astronomía, las artes… aprendizaje que trasmiten a sus discípulos y de generación en generación.

Los diez actos meritorios que profesa todo budista (y otro gallo nos cantaría de seguirlos) son: no matar, no robar, no mentir, no chismorrear, no maldecir, no sembrar discordia, no tener envidia, rencor, mala intención y dogmatismo. Bueno hasta aquí nueve, hay una décima que, personalmente, no acabo de saber interpretar y prefiero no suscribir: no tener una actividad sexual inapropiada. Cada cual la interprete como le venga en gana.

Ahora vamos entendiendo algo más. Pues así están las cosas, la rueda de la vida nunca se detiene y tan importante son tus acciones que mejor vigila tu modo de vivir. Entendiendo esto, podemos acercarnos a comprender ese carácter afable del tibetano y el porqué de sus rezos y oraciones que no son más que la adquisición de méritos para cultivar ese buen karma. Sin lugar a dudas una filosofía de vida envidiable. ¡Carajo! Ya me salte uno de sus preceptos…

Pues entre esto y otros menesteres a las 18 horas hacemos entrada en la nueva estación de Lhasa, un proyecto donde los chinos han echado el resto y no han escatimado en gastos. 21 horas desde que salimos, que fueron en general agradables. No lo podemos casi creer, aquella idea, sueño, proyecto y deseo, todo en uno, era ya una realidad.

Al llegar nos espera Shishi, entendemos. El trámite de salida de la estación es sencillo y solo comprueban papeles. No hay control de equipaje. Nuestro guía Norbu, curiosamente con el mismo nombre que uno de los protas del fantástico libro “Huida al Tíbet” (100% recomendable para un viaje así), nos espera mañana. Nos presenta a Dawa, el que será nuestro conductor todo el viaje.

Nos dirigimos hacia el hotel. A la izquierda asoma el palacio de Potala… El hotel contratado el Tashi Nota Hotel. A unos 15 minutos caminando del centro histórico, el hotel es precioso y aunque tendrá más o menos años parece de reciente rehabilitación. Un gran patio interior da acceso a todas las habitaciones, decoradas en un sorprendente estilo chino. Cuenta con una cafetería que es el sueño de un viajero por China.

Y el plan para la noche que ya caía, ser prudente. Nos quedaríamos a cenar en el magnífico hotel y daríamos tiempo a la aclimatación de nuestros cuerpos, algo derrotados del viaje. Mañana, hacia cambio de planes respecto a lo previsto. Comenzaríamos el día con la visita del Palacio Potala, antigua residencia del Dalai Lama y ello requería un esfuerzo. Mejor guardar fuerzas.

El restaurante del hotel merece la pena. Una carta de platos tibetanos de impresión, en inglés, con dibujos y sin duda, bien preparados. Nos lanzamos a probar el yak, asado con té. Precio medio (208 yuanes, 26 € aproximadamente los dos), pero, si no habíamos comido casi nada en todo el día… Y saltándonos las normas de “la buena aclimatación” nos tomamos también una Lhasa Beer, la cerveza del techo del mundo, con ese eslogan quien se resiste…

4 Comentarios
  1. Gran viaje ¡Felicitaciones!

  2. Madre mía… ¡cómo me gustaría poder vivir una experiencia así! Con lo que me gustan los viajes en tren…

    Espero poderlo hacer algún dia.

    Gran relato 🙂

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