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Para hoy llegaba uno de los platos fuertes de cualquier viaje a Sudamérica y mucho más a Colombia: la visita de Cartagena de Indias, la Heroica. Cada vez quedaban menos días de viaje pero todavía con tiempo para conocer el norte del país, las famosas ciudades del caribe colombiano, allá por donde penetraron los españoles en el continente. Tras muchas semanas de ruta en Sudamérica con la mochila a cuestas, habíamos traído un buen puñado de información para compartir, información que queda reflejada y estructurada en los siguientes artículos sobre Chile, Bolivia, Perú y Colombia.

1.Un viaje por Sudamérica: ruta, podcast y libros recomendados

2.La ida y la visita de Santiago de Chile, Valparaíso y Viña del Mar

3.San Pedro de Atacama y el valle de la Luna. El salar de Uyuni

4.La visita de las ciudades coloniales de Sucre y Potosí en Bolivia

5.Lo mejor de la Paz y el lago Titicaca

6.Lo mejor de Cusco y la visita de Machu Picchu

7.Lima y la reserva nacional de Paracas e islas Ballestas

8.Bogotá y el eje cafetero de Colombia

9.Historia y visita de Cartagena de Indias

10.La ciudad de Santa Marta y el parque nacional del Tayrona

11.Bogotá, un día antes de la vuelta

Día 37. 6 de Octubre

La visita de lo mejor de Cartagena de Indias

Hoy nos proponemos hacer la visita “en serio” de Cartagena. Tras desayunar, siguiendo el trazado de nuestra calle —llamada la de los Siete Infantes— alcanzamos el perímetro amurallado de la ciudad vieja. Este cinturón de piedra caliza y bloques de coral, ribeteado de baluartes y réplicas de antiguos cañones, es la carta de presentación de una villa que encierra esencias de tiempos pasados. Continuando el sendero que marcan los muros llegamos al pequeño parque en el que se encuentra la estatua de la India Catalina, personaje clave en el acatamiento de la conquista española por parte de las tribus locales. No nos detenemos mucho, a pesar de que la figura estilizada de la india merece algún que otro comentario por su factura, pues tenemos prisa por alcanzar el fuerte de San Felipe de Barajas, uno de los principales atractivos del enclave.

Llegados a las faldas de la fortaleza, merece la pena comentar brevemente la historia de Cartagena. La tercera de este nombre se denomina así debido a que, cuando su fundador —Pedro de Heredia— alcanzó sus costas, los marinos que le acompañaban vieron en la bahía el reflejo de su población natal, Cartagena, pero la situada en las costas del antiguo Reino de Murcia.

Con su fundación, Heredia establece la que, tras Santa Marta, sería la segunda plaza española de la actual Colombia. Su posición privilegiada cerca del istmo de Panamá, al norte del rico virreinato del Perú, y su gran puerto natural sentaron las bases del que con el tiempo sería el principal puerto español de Tierra Firme, denominación dada a la porción del continente cuyas playas bañaba el mar Caribe. No obstante, todo privilegio entraña riesgos y despierta la codicia ajena, de ahí que Cartagena fuera objeto de numerosos ataques piratas, entre ellos el del célebre corsario inglés Francis Drake. Por consiguiente, los españoles dotaron a su ciudad de fortificaciones imponentes que aún pueden disfrutarse.

Cartagena de Indias, Colombia

Retomamos nuestra jornada donde la detuvimos, a los pies de San Felipe, comprando la entrada de acceso al reciento (25.000 pesos/persona). En la taquilla también ofrecen visitas guiadas y audioguías. Pero antes de penetrar en el recinto, hicimos un alto ante la estatua de don Blas de Lezo, marino vasco y el más famoso comandante de la plaza por un episodio histórico que después relataremos. El recorrido por San Felipe fue relajado, pero no largo. Por sus plataformas exteriores se puede apreciar tanto el trabajo de ingeniería militar, como su posición estratégica fuera del recinto de la ciudad, controlando el acceso a la misma. Sólo el cerro de la Popa, donde se ubica el monasterio homónimo, supera la elevación del fuerte. También se pueden recorrer parte de sus túneles y pasillos interiores destinados, en su mayoría, al depósito de pólvora, munición y víveres.

Disfrutamos especialmente la visita a San Felipe por ser el escenario de uno de los hechos de armas más destacados que vivió Cartagena. En marzo de 1741, Lord Vernon, al mando de la mayor flota de guerra jamás reunida hasta la fecha (sólo superada el día del Desembarco de Normadía, durante la II Guerra Mundial, y muy superior a la célebre Armada Invencible), ataca la villa portuaria con objeto de convertirla en base de operaciones desde la que realizar la conquista del resto de posesiones españolas en América. La acción se enmarca en la llamada Guerra del Asiento o Guerra de la oreja de Jenkins y su éxito suponía una doble hazaña, pues arrebatarían a España un puesto comercial clave y se apropiarían de una ciudad que, bien defendida, resultaba inexpugnable.

Para ello, el almirante inglés contó con más de ciento cincuenta barcos, tres mil cañones y unos veintisiete mil hombres. Por el contrario, Cartagena tenía una guarnición de tres mil soldados regulares, algunas milicias locales, más la marinería y tropa de los seis navíos de guerra con los que contaba el enclave. A ellos se unieron seiscientos indios flecheros de las tribus aliadas de los españoles. De entrada, las expectativas de los defensores eran nefastas, pero la pericia y arrojo de Blas de Lezo, quien ya había perdido una pierna, un ojo y una mano en combates previos (se le apodaba por ello “Mediohombre”), dieron al traste con los planes británicos.

Tras un bombardeo atroz y vencer las defensas de Bocachica, entrada de la bahía caribeña, los hijos de la Pérfida Albión se lanzaron al asalto por tierra. En este punto estaban tan convencidos de su victoria que enviaron cartas a Londres anunciando su gesta. En la corte inglesa se generó tal clima de euforia que llegaron a acuñar medallas conmemorativas de una conquista aún por realizar.

Sin embargo, el clima, las enfermedades y los soldados españoles causaron tales estragos que, ante la carga de los últimos seiscientos defensores que aún resistían en San Felipe, los británicos acabaron retirándose con cuantiosas bajas. Antes de abandonar las costas cartageneras, Vernon, humillado, recibió la siguiente misiva del comandante español: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”. Cartagena y el resto de las posesiones americanas seguirían siendo españolas durante casi cien años más. En 1821 fue definitivamente tomada por Simón Bolívar, que concedió a la ciudad el calificativo de “La Heroica”.

Una vez concluida la vista, no dirigimos al hotel San Lázaro, desde cuya terraza disfrutamos de unas vistas privilegiadas del antiguo fuerte y de una limonada de coco exquisita (12.500 pesos/persona). Tras ello, encaminamos nuestros pasos hacia el barrio de Getsemaní, cuyas fachadas de vistosos colores y tapias decoradas con grafitis activan el piloto rojo de las cámaras de fotos. Getsemaní guarda todo el encanto del período virreinal, sin que las tiendas de lujo dedicadas al turista hayan desplazado a la vida local.

Acabamos la mañana comiendo en un local, al final de la calle Portobello, en el que nosotros éramos los únicos foráneos. Arroz apastelado, carne de cerdo con “papas” a la francesa, agua, cerveza y refrescos fueron nuestro menú (10.875 pesos/persona).

Cartagena de Indias, Colombia

Tras obligada visita a nuestro hostal, preguntamos al recepcionista por un barbero de confianza y nos recomendó visitar el ubicado en la calle del Arzobispado. Jaume, Pablo y yo acabamos en sus manos. El resultado fue muy satisfactorio (corte de pelo y arreglo de barba por 20.000 pesos/persona); pero lo mejor, sin duda, el local, las conversaciones con los lugareños y un aroma a décadas pasadas que ya no se encuentra en España, a pesar de que este oficio florece nuevamente. Sillones giratorios vetustos, grandes espejos enmarcados en muebles de madera vieja cubiertos de polvo allí donde no alcanza el trapo, brochas para la espuma, navajas, toallas calientes, hielo para las pieles más sensibles, polvos de talco y ventiladores de techo con capacidad hipnótica, que servían de distracción cuando te recostaban y, por unos segundos, temías por tu gaznate. Mientras uno a uno íbamos pasando por las manos del barbero, los primeros en estar acicalados disfrutaron de uno de esos cafés que sólo se saborean en Colombia.

Recién afeitados, callejeamos mientras nos distraíamos con los escaparates y, finalmente, recalamos en “La esquina sandiegana”, un bar con acento cubano situado en la bocacalle de acceso a nuestro hostal, para ver el partido entre Colombia y Paraguay. Aunque los locales se adelantaron en el marcador, los paraguayos acabaron llevándose el gato al agua. A pesar de la derrota, el ambiente no dejó de ser festivo. Al ser día de partido, el bar estaba lleno y, desde la mañana, las calles rebosaban de gente con la camiseta de su selección. La cerveza (Club Colombia y Águila) se consumía de forma que parecía obligatorio. “En este país, cuando hay fútbol toman, cuando ganan toman y, cuando pierden, también toman” escuchamos decir a alguien. Nosotros nos comportamos como un colombiano más.

Sin haber conseguido la victoria, pero animados por el jolgorio general, caminamos hacia la plaza de San Diego. Convencidos por Casandra, una joven abogada venezolana que trabajaba, obligada por las dificultades que atraviesa su país, como camarera en “El balcón de San Diego”. En el mirador del primer piso, con vistas a la bonita plaza, degustamos la posta cartagenera, típico y delicioso plato local (carne macerada en soja dulce, arroz de coco y patacones), y ceviche de camarones (40.250 pesos/persona). Jessica, otra camarera venezolana que a duras penas llevaba tres meses en Colombia, nos conmovió con la situación de su tierra, su actitud positiva, sus expectativas y su simpatía.

En ocasiones, días que comienzan muy bien acaban, sin hacer mucho esfuerzo, siendo redondos. Nosotros lo cerramos en el hostal conversando e intercambiando experiencias con dos viajeras. Una joven turco-alemana que llevaba meses viajando por Sudamérica y había estudiado español con un murciano —ahí es na—, y con una brasileña que, a sus cincuenta años calculados a ojo, realizaba su primer viaje fuera de Brasil y nos comentó cuánto deseaba visitar España.

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1 Comentario
  1. Gracias Josemi, ya era hora de que te lanzarás a contarnos alguno de esos viajes que sabemos disfrutas. Esta parte tenía muchas ganas de conocerla por muchos motivos. Estoy seguro de que la experiencia en Cartagena de Indias fue fabulosa, la compañia era inmejorable y además, conociendo tu pasión por la historia del viejo imperio español, seguro que fue inmborrable. Gracias de nuevo, deseando volver alguna otra de esas aventuras tuyas.

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