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Una nueva jornada, tan solo nuestra segunda noche en el Transiberiano y un nuevo destino, esta vez la ciudad de Ekaterimburgo, otra de las paradas obligatorias en el largo recorrido por Rusia. Nuestros primeros kilómetros en el Transiberiano, entre Moscú y Kazán, nos habían resultado cómodos, divertidos e interesantes como no habíamos imaginado, Kazán nos dejó muy buen sabor de boca y el viaje, nuestro “Asia de ida y vuelta” continuaba…

Día 6. Sábado 3 de Septiembre. Ekaterimburgo.

El tren llegaba a Ekaterimburgo a las 12:20 horas, dos de diferencia con Kazan y Moscú, lo que significaba que llevábamos cerca de 15 horas en el tren. Dormir en este fue más complicado, un enorme amasijo de tornillos mal apretados moviéndose a toda velocidad lo convertían en una jaula de grillos. Además, el amanecer se empeñaba una vez más en adelantarse y aquel día, de momento, parecía iba a ser muy soleado.

Nos adentrábamos de lleno en lo que para nosotros era Siberia y bosques infinitos pasaban ante nuestras miradas salpicados por pequeñas poblaciones que parecían más bien improvisadas. Construcciones de madera con techos de uralita en los que no era difícil hacerse una idea de las duras condiciones en las que se pasaría el invierno.

Así pues, y mientras el tren devoraba los kilómetros de catenaria previstos, nos dispusimos a desayunar. Mientras tanto, andábamos pendientes del punto geográfico en el que la tierra deja de llamarse Europa para convertirse en Asia, capricho de los hombres que partía el inmenso mar de árboles de los Urales en dos.

Ekaterimburgo, la antigua ciudad industrial concebida para albergar un centro minero en los Urales, con el paso de los años terminó por convertirse en residencia de zares y la malograda tumba de los Romanov. Ciudad cargada de historia y misticismo son muchas las leyendas que la adornan y muchos los rincones en los que acontecieron algunos de los episodios más oscuros de la historia soviética. Todo este bagaje la ha convertido además de en la tercera ciudad más grande de Rusia en una fascinante mezcla de estilos arquitectónicos y en una de las paradas obligatorias del Transiberiano. En un pasado más reciente, también es conocida por ser el lugar de nacimiento del presidente ruso Boris Yeltsin.

Nuestro alojamiento para la siguiente noche, el RED Hostel, costaba 1200 rublos (16 € la habitación doble con baño compartido) y se localizaba al norte de la zona turística. El otro que habíamos barajado como mejor opción, el DoBeDo Hostel se encontraba algo más alejado de la estación y ello hizo que nos decantáramos por el RED Hostel, aunque mejor situado para las visitas. Dos taxis en la estación nos costaron 500 rublos hasta el hostel, unos 2 km de carrera pero que mereció la pena pagar, conscientes de que pagamos mucho más de lo que valía. El Hostel se encuentra en la cuarta planta del edificio, escasamente anunciado lo cual provocó que nos costará encontrarlo. Acertamos en la elección, de reciente y moderna construcción, el hostel cumplía perfectamente con nuestras expectativas. Probablemente de reciente edificaciónn y con las habitaciones e instalaciones súper limpias. Lavadora, amplias zonas comunes, wifi… ¡e incluye el desayuno! Aprovechamos para la ducha, cargar baterías, lavar algo de ropa e informarnos gracias a los amables muchachos de la recepción, que si hablan inglés.

Las 14 horas, hora local, y salimos a conocer Ekaterimburgo.

Al poco de salir del hostel, una estación de metro, y en el mismo parque un restaurante self service donde decidimos comer. Imposible conocer el nombre del local o de lo que comimos pero la vitrina en la que se expone la comida facilita pedir. Carnes, ensaladas, patatas, todo rico e identificable. Por unos 5 euros probamos gran variedad de comidas. Es la primera ver que catamos los pelmeni, un ravioli relleno de carne picada, plato típico de la región. Para acompañar, pedimos también mayonesa, ¡Ekaterimburgo posee el récord Guinness de mayor consumo de esta salsa del mundo! parece obligatorio pues comerla…

Ekaterimburgo

Desde aquí enseguida obtenemos una bonita imagen, la Iglesia de la Sangre Derramada, la más famosa de la ciudad, donde fue asesinado el zar Nicolás II y toda su familia. Para evitar la peregrinación de fieles y el expolio de los restos, los promonárquicos enterraron sus restos en otra localización. Se puede acceder al nivel inferior y al superior, de elevadas cúpulas y paredes profusamente decoradas. Impresionante el interior. Junto a ella, la Iglesia de la Ascensión que tal vez queda deslucida por la primera.

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A partir de aquí, las guías aconsejan seguir una línea roja marcada en el suelo y que te lleva directamente a los principales atractivos turísticos de la ciudad. Siguiendo la misma, el conocido como barrio de los escritores, un pequeño parque en realidad, con una antigua casa de madera que hace las veces de museo. Desde aquí giramos a la izquierda hacia el estanque de la ciudad y bordeamos una de sus orillas. En una de las esquinas, la casa Sebastianov, una de las que dicen más bonitas del siglo XIX y, la verdad, un poco hortera.

Bordeamos la casa y enfrente encontramos la pequeña capilla de Santa Catalina, construida en el lugar donde se encontraba la primera iglesia de Ekaterimburgo. Delante y hacia el lago de nuevo, una estatua conmemorativa de los dos fundadores de la villa. A sus pies, una explanada abierta sirve, en los meses de verano, para disfrutar de conciertos en directo a partir de las siete de la tarde según nos informaron en el hostel.

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Cruzado el estanque y siempre siguiendo la línea roja (todos los años tras el invierno la pintan de nuevo) pasamos por delante del imponente edificio del Ayuntamiento. Por cierto, los tranvías se convierten en inevitable objeto de deseo de nuestras cámaras inmediatamente. Una vez pasado el edificio, a la izquierda, la calle peatonal Vaynera, la que viene siendo la más animada. Una parada para un café y poco más que visitar. Nos dedicamos a callejear, quedaba como opción subir al edificio Vysotsky, donde en el restaurante Vertical, parece que se podía disfrutar de las vistas con la comida, pero el precio del menú nos disuadió de la idea.

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Al atardecer, la fina lluvia que hace acto de presencia, nos empuja a dejar el paseo y a abandonarnos a tomar una cerveza. Lo más cerca que encontramos es el New Bar, un sitio muy apañado, y ya que estamos terminamos por cenar allí mismo. Carta internacional y con multitud de platos de la zona como la tradicional sopa de remolacha. Tras la cena (12 € bien regada), optamos por tomar una cerveza en Rosy Jane, un local al estilo de un pub inglés y con buen ambiente para seguir. Mañana salimos al mediodía, así que trataremos de alargar la noche del Sábado tranquilamente.

A pesar de las expectativas creadas tras leer en otras guías y blogs, Ekaterimburgo no fue ni mucho menos, mejor visita que Kazan, que realmente si nos fascinó. A pesar de ello y no acabamos de entenderlo, los muchachos “de esa otra famosa guía de viajes” solo le dedican unas escasas líneas a Kazan en su guía del Transiberiano…

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