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Nos adentrábamos en la China más alejada de los estereotipos que nos vienen a la cabeza de tan inmenso país. Habíamos atravesado el Gobi desde Dunhunag y nos habíamos asomado al tremendo desierto. Nuestra siguiente escala era Urumchi, sin duda, la que más costó organizar en nuestro viaje por la Ruta de la Seda. Sus particularidades culturales y religiosas así lo quisieron. Pero no estábamos dispuestos a dejar de seguir la mágica ruta por culpa de conflictos que no nos importaban, tal vez por desconocimiento. Nuestro recorrido por el norte de China llegaba a uno de sus platos fuertes: visitar las milenarias cuevas de Mogao y adentrarse en el territorio de los uygures, en el límite con el vecino país de Kirguistán…

Un breve índice de nuestras escalas en el Noroeste de China siguiendo la Ruta de la Seda:

Recorrido de nuestro Asia de ida y vuelta por China

Día 27. Sábado 24 de Septiembre. Dünhuang (Cuevas de Mogao)-Urumchi

Hoy volábamos hacia Urumchi, en la conflictiva región de Xinjiang, pero eso sería esta noche. A partir de ahí teníamos contratado el tour con China Discovery, aquel que ingenuamente tuvimos que pagar para poder obtener la carta de invitación y el visado. Nos fastidia todavía más después de haber conocido gente, de Italia, de Israel, que no habían tenido problemas con este tema. Tras cumplimentar los impresos con la mitad de alojamientos reservados y los billetes de entrada y salida habían obtenido sus visados sin incidencias. Señal que nos confirmó que habíamos dado con el tonto de la embajada en España… De momento, teníamos todo el día por delante para completar nuestra visita a las Cuevas de Mogao.

Por la mañana un desayuno demasiado estilo chino, ¿cómo iba a ser estando aquí?, y tiempo para organizar toda la ropa después de haber pasado por la lavandería del hotel. Habíamos leído que la mejor hora de visita a las cuevas era el mediodía, cuando los chinos se sientan a comer, lo que unido al hotelazo que andábamos disfrutando, hizo que el tiempo se relajara ¡por fin! Por delante unos días muy apretados hasta poco después del paso a Kirguistán y se empezaban a notar los casi 30 días de apretado viaje. Así que después de una mañana más o menos “libre”, nos disponíamos a llegar hasta Mogao, uno de los mejores Patrimonios de la Unesco de China desde 1987. Antes de salir, nos mereció mucho la pena el paseo por un mercado al aire libre en la calle de detrás del hotel.

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COMO VISITAR LAS CUEVAS DE MOGAO

Tras el hotel Silk Road está la parada del bus número 12 que lleva a las cuevas. Habíamos leído que la salida se encontraba en el Charlie’s, después que en el Hotel Dünhuang y finalmente averiguamos que en el Silk Road. Parece que esto cambia frecuentemente. Unos 10 kilómetros, 15 minutos y 3 yuanes nos cuesta llegar al centro de visitantes. La entrada asciende a 220 yuanes por persona y es obligatorio hacer la visita guiada. Solicitan el pasaporte, aunque nos sirvió una copia. La próxima visita era en chino y no nos importaba, pero no quedaban entradas. Finalmente y con mucha suerte, pues sólo quedaban dos entradas para el tour en inglés, nos dejaron entrar en el siguiente, aunque no sabíamos el idioma elegido. No teníamos ni idea de que era aconsejable hacer la reserva previa

Nos tememos que lo de evitar las colas con el horario de comer chino no funcionó, con unas 6000 visitas al día, resulta imposible. Tras el estricto control de seguridad, nos dan una audio guía y elegimos el idioma, no hay posibilidad de español…

Conocidas también como las cuevas de los mil Budas por un reflejo de mil Budas que un monje, según la leyenda, vio sobre el agua, tras lo que convenció a un rico mercader para comenzar su excavación. Solamente se puede visitar parte de las mismas, algunas cuevas y exposiciones permanentes, pero son bastantes las restricciones y posibilidad de cierre, por tormentas de arena por ejemplo. Descubiertas hace solo 100 años y recuperadas progresivamente, si bien con dudosa eficacia.

Comenzamos con la visita de las 13:45 horas. Lo primero, una proyección de quince minutos en la que se cuenta la estratégica posición de Dünhuang en la ruta comercial hacia el oeste y de la formación de las cuevas tras la visión del monje budista. Se convirtió así en parada obligatoria para solicitar protección divina antes de comenzar el viaje. Una segunda espectacular proyección en otra sala de 360 grados, en la que se muestran los coloridos murales y esculturas de algunas de las más importantes grutas utilizadas para la meditación y la explicación de algunas de las pinturas. En total 45 minutos para subir a un bus y acceder a las cuevas. Después de los vídeos, la verdad, es que todavía con muchas más ganas. Desde el centro de visitantes todavía unos kilómetros entre dunas hasta llegar.

Localizadas en la ladera de la montaña de Mingshashan, abiertas en cinco niveles, se encuentran las 492 cuevas que permanecen en pie. Un enjambre abierto en la vertical de la pared, con 45000 metros cuadrados de murales y más de 2300 Budas esculpidos. Su excavación se remonta al siglo V y llegaron a existir miles de cuevas habitadas por monjes, abarcando desde la dinastía Tang a la dinastía Yuan, durante más de diez siglos. Pero en la actualidad sólo se conservan menos de 500, como digo. Las grutas mejor conservadas son de la 1 a la 3, junto a la 9 de la dinastía Tang y las de la 4 a la 8 de la dinastía Wei. En la cueva 96, el gran Buda blanco; controvertido por la cara de mujer que representa a la emperatriz que sucedió la dinastía. En la 130, otro enorme Buda negro.

Una vez bajamos del bus, vamos por libre, no acabamos de entender lo del guía obligatorio. Pero poco antes de ni tan siquiera intentarlo, nos cazan; somos los únicos “de fuera” y nos asignan un guía, al que habrá que esperar unos 20 minutos. Aprovechamos para tomar unas fotos de la fachada principal con la peor luz que podíamos haber elegido. La primera impresión en la puerta de entrada es de que la han vuelto a hacer: una restauración mal realizada, habiendo dado a las grutas un aspecto de celdas cerradas con desagradables puertas de aluminio.

¡Por fin aparece nuestra guía! Y nos da otro aparatito para escucharla. Sólo se visitan algunas de la cara sur y se prohíbe la realización de fotos en el interior. Vistamos primero la cueva 94, donde nos explica la existencia de distintas capas de pintura una sobre otras a lo largo de los años. Al lado, la cueva 96 con el Buda más alto, aquél que curiosamente luce cara de mujer. Con unos 35 metros resulta impresionante en la gruta. Una de las manos en posición de “no os preocupéis” y la otra ofreciendo a la población. Realizado durante la dinastía Tang destaca por el colorido, al igual que todo lo tallado en esta época.

La siguiente a la que entramos, la número 100. Unos murales mejor conservados y de nuevo, el Buda custodiado junto a sus discípulos. Subimos unas escaleras y llegamos a la cueva 148, donde está el Buda reclinado, totalmente rodeado de esculturas menores. Conserva los tintes originales y resulta de los más bellos.

Desde aquí a las antiguas cuevas biblioteca, las numero 16 y 17, de donde tras su descubrimiento, por poco dinero, se vendieron y extrajeron miles de sutras y manuscritos a principios del siglo XX. Libros de todas las especialidades: geografía, historia, filosofía, medicina… e incluso algunos en lenguas desconocidas aún en la actualidad. El motivo de su tardío descubrimiento fue porque la entrada fue cubierta por un espejo para protegerla y como consecuencia, los tesoros allí custodiados fueron tan codiciados.

De nuevo escaleras arriba, una de las cuevas más antiguas, la 428, aquí se nota la influencia india y predomina el azul lapislázuli en los murales, según nos explica. Es también la mayor del periodo temprano y en cuya construcción participaron más mercaderes, por ello se emplearon materiales caros como el lapislázuli. Estos donantes de dinero están representados en un nivel inferior. Manteniendo las pinturas originales, igualmente se puede seguir en una de las paredes, la historia completa de Buda, con las siete condiciones que tuvo que vivir impuestas por su padre antes de abandonar su principado para convertirse en monje.

Por último las cuevas de la 61 a la 63, con un mural en el que está representado uno de los mapas más grandes y antiguos de China de las montañas Wutai.

Un total de tres horas de visita. Tras la misma, ya conocemos el significado de las Apsaras bailando en toda la ciudad o los numerosos souvenirs con flores de loto o figuras concéntricas, tan repetidos en los puestos. Muchas de las cuevas tenían los techos bellamente pintados con este tipo de figuras y casi siempre los Budas se representaban con Apsaras bailando en su honor alrededor.

Con la satisfacción de la afortunada visita, salíamos comentando éste y otros aspectos. Todas las cuevas se visitan con la guía linterna en mano (no hay nada de iluminación en ellas). Esto unido al esfuerzo por entender las explicaciones en inglés, resultó fatigoso pero agradable sin duda. Si bien la restauración exterior nos ha parecido mal elegida, el interior de las cuevas que visitamos resulta impresionante. Sin duda, un lugar a preservar. No tenemos claro que las autoridades chinas y los aluviones de turistas nacionales lo consigan.

Salimos a las 17:30 horas, el último bus para la ciudad sale a las 19 horas. Llegamos para comer-cenar hasta la misma calle de anoche, Shoucharg Narlu, y nos sentamos en una terraza al azar. De nuevo, igual que ayer y como en muchos otros sitios, hemos visto la carne de burro como especialidad de la zona, pero no terminamos de animarnos. Los restaurantes lucen en la fachada una clasificación que se refiere a las garantías de higiene, entendemos. Una cara sonriente o triste y un sistema de colores al igual que un semáforo. Curioso sistema, pero que nos ayuda a elegir entre un sitio u otro, si bien la mayoría que hemos visto en la ciudad tienen buen aspecto y desde luego son tremendamente simpáticos con nosotros. Nos metemos un homenaje de alitas, cordero, revuelto de setas, ensaladas con pepino, tomate… y ¡un pan recién hecho exquisito! El muchacho habla inglés y nos echa una mano con la comanda. Con sus correspondientes cervezas, por unos 12 euros cada uno. El nombre del sitio, imposible; el número en la calle, el 94. Y antes de irnos, una fiesta, fotos, risas, ¡un gustazo!

Una rica cena en la calle más animada de Dunghuang

Y mientras comíamos, coincidíamos en que Dünhuang es una parada perfecta después de tantos días viajando. Gustosamente nos hubiéramos quedado un par de días descansando, paseando y disfrutando la agradabilísima ciudad. Un sitio perfecto si andas con tiempo para estar…

¡Menudos tíos simpáticos estos Dunghuitas!

Pero éste no era el caso. Nuestro vuelo Dünhuang-Urumchi con Tianjin Airlines, costó 100 € hace unos tres meses cuando lo compramos, y salíamos a las 23:20 para llegar una hora y treinta y cinco minutos después.

Partimos unas tres horas antes; el aeropuerto está cerca pero ya no tenemos mucho más que hacer en la ciudad. Los taxis salieron por 40 yuanes cada uno. No parece negociable y es la tarifa que nos indican en el hotel que pagaremos. Nada de taxímetro. Nunca sabremos si ayer engañamos al taxista… Así que, en unos 15 minutos ya estábamos a la espera del avión que nos llevaría a Xinjiang, la tierra de los uygures…

Día 28. Domingo 25 de Septiembre. Urumchi-Turpan

Habíamos llegado en la madrugada a Urumchi. A partir de aquí iríamos acompañados por Lucy, nuestra guía de Discovery China, que nos aguardaba en el aeropuerto. El tour completo por la región de Xinjiang costó 413 euros por los 4 días, incluyendo todos los transportes hasta la frontera con Kirguistán (traslado que habíamos calculado en unos 100 dólares por persona), los alojamientos (en general 3 estrellas en habitaciones dobles), las comidas (no así las cenas) y las entradas a las localizaciones turísticas. Tal vez no fue el más barato, pero sí el único que contestó a nuestras dudas, se amoldó a nuestras peticiones y nos solucionó el problema con el maldito visado y la carta de invitación. Sin duda Bertina, había hecho un buen trabajo.

Nuestra primera noche en Urumchi fue corta, el retraso en nuestro vuelo, nos hace llegar pasadas las dos de la madrugada para hacer el check in en el hotel, el YiLong, reservado por la compañía.

Durante el trayecto, Lucy nos explica que China está mayoritariamente poblada por la etnia Han, aunque en Xinjiang el 45% son uygures, de religión musulmana y con lengua propia. Cuenta con una población total de 3 millones de personas. Mientras nos lo cuenta llegamos al hotel y creo que nos quedamos dormidos…

Por consejo de Bertina y tras comprobar en lo leído el limitado atractivo de la capital de Xinjiang, con el desayuno a las 10 de la mañana, emprendíamos camino de Turpan.

El camino hasta Turpan, unos 200 km hacia el este, lleva unas 3 horas. Desde hace un año tienen una línea de alta velocidad que une ambas ciudades. Lucy sigue su discurso de la noche anterior y en un inglés que casi todos entendemos. Urumchi ha crecido económicamente gracias al petróleo extraído del desierto de Taklamakan, el segundo mayor del mundo y cuyo significado es algo así como “el que entra no vuelve”. Rica igualmente en producción de tomates y algodón. Vaya “chapa” nos suelta la chica cada vez que tiene oportunidad.

La Región de Xinjiang ha sido estrictamente vigilada en los últimos años por el gobierno chino, como consecuencia de ataques terroristas sufridos en la zona. De mayoría musulmana con aspiraciones independentistas, han llevado a cabo acciones terroristas y es por ello que tuvimos tantos problemas a la hora de obtener el visado para visitar la zona. Durante el camino, varios controles de policía nos dan una idea del nivel de alerta en esta región.

TURPAN, LAS MONTAÑAS FLAMEANTES Y LAS CUEVAS DE BEZEKLIK

Sobre las 13 horas llegamos a destino. Turpan, la ciudad más calurosa de China, conocida como Tierra de Fuego, se encuentra 155 metros por debajo del nivel del mar de ahí la mayoría de sus peculiaridades. Además es una región muy seca, lo que le permite la producción de la uva y el melón más dulce de China. La mayoría de población, uygur, se dedica a la agricultura y al cultivo de vides.

Al llegar paramos a comer en un restaurante local que conoce el conductor. Nos dice que “muy buena comida pero no muy decorado”. Efectivamente, un restaurante uygur lleno de gente local. La comida típica son los noodels con cordero y vegetales, el plov (arroz con cordero y verduras) y los kebab. Por supuesto, nada de cerveza, nos sirven té para comer. Así que nos lanzamos a probar. Muy bueno.

Nos quedan 45 km y vamos hasta las Cuevas de los mil Budas de Bezeklik de los siglos IX al XII, que significa “en medio de las montañas”. Más de 40 grandes muros pintados que cubren una superficie de 1200 metros cuadrados, con diferentes temas. El precio 40 yuanes, incluida en el tour.

Las cuevas se encuentran en el entorno de las Montañas Flameantes, parte del desierto del Gobi, cuyos colores rojizos se asemejan a los del fuego. En la base de las mismas y en agosto se pueden alcanzar los 80 grados. El cañón resulta impresionante. Conocido como el valle de madera, conduce un pequeño río en su interior. Aquí llegó el budismo desde India por primera vez en China.

Las cuevas, aunque peor conservadas que las de Mogao, se hallan en un enclave mucho más virgen y más atractivo, sin haber sufrido la acción del hombre con finalidad turística en los últimos años. Veremos lo que tardan en explotarlo. El daño de las pinturas fue realizado primero por las poblaciones musulmanas que no entendían la representación gráfica de las deidades y lo cubrieron con yeso; y más tarde por científicos alemanes que terminaron por llevarse parte de lo que quedaba. La visita resulta muy interesante y desde luego, con menos aglomeraciones que en las de Mogao el día previo.

De vuelta, y con el sol algo más bajo, paramos en el cañón para obtener unas fotos. Una delicia para nuestros objetivos. Y otra nueva parada en un mirador de la cordillera roja; parada que cuesta 40 yuanes al tener una zona donde se explica la historia de las montañas y su relación con la llegada del budismo a China. Además, una representación de los distintos exploradores y el expolio que realizaron de las cuevas y antigüedades de la zona. Antes de salir a obtener vistas de las montañas, un enorme termómetro marca la temperatura actual: 48 grados; no sé yo… Inscrito en el libro Guinness como el mayor termómetro del mundo, ¡ahí queda eso! Las vistas fuera probablemente se obtienen desde cualquier lugar de la carretera, pagar por el resto, mejor no.

Y antes de volver a Turpan, donde dormiremos, llegamos a Grape Valley, uno de los valles del macizo montañoso. Otro complejo de entrada para acceder y 75 yuanes su precio. Con 8 km de largo está dedicado al cultivo de la uva, y desde aquí se inicia una visita turística del mismo. Visitamos los supuestos viñedos a través de un recorrido pavimentado plagado de tiendecitas de souvenirs… No hace falta ni plantearse visitarlo: una pérdida de tiempo que se visita al aparecer en las guías, y no entendemos el porqué.

Antes de salir del “parque de atracciones” nos plantea la visita de una granja familiar que trabaja en los viñedos, y nos asegura que es “auténtica”. Allá que vamos. Un señor nos pasa al patio de su casa, nos sienta en una larga mesa y nos da a probar los productos que cultiva: uva, melón y sandía. De inmediato, una muchacha con traje tradicional se marca un baile. En fin, otra cosa de las que no nos gusta… He de decir que la fruta estaba muy buena. De todos modos, al plantearnos que propina dejábamos, Lucy nos dice que no es necesario y lo hacen altruistamente. Aún así, como el señor vende pasas allí mismo, decidimos comprarle una bolsa de distintas variedades. Es cierto que los uygures son gente muy amable.

Sobre las 19 horas llegamos al hotel, situado en el centro de la ciudad, el Turpan Traffic Hotel. De nuevo un tres estrellas similar al anterior, junto al Night Market de Turpan. Así que tras el breve check in salimos a dar un paseo. Turpan sorprende de inmediato por el ambiente musulmán en todo: música, gentes, comidas… bien podríamos estar en cualquier ciudad de Marruecos.

Damos un paseo por un mercado frente al hotel, pero andan cerrando. Así que vamos al Night Market. Una cerveza local, Wusu (6 yuanes por 620 ml), la probamos y pensaremos si cenar. Multitud de puestos, mucha barbacoa, pero no tenemos claro lo que venden, mezcla de carnes y vísceras.

Al final y un buen rato más tarde, salimos del Night Market, y nos decidimos por un Best Food, una cadena similar a McDonalds, pero con pollo y muy china. Tal vez ya, muchos días de pinchitos. Eso sí, mañana desayunaríamos tomates…

Día 29. Lunes 26 de Septiembre. Turpan-Urumchi

Salíamos a las 9 de la mañana. Nos habían preparado el desayuno con los tomates solicitados (vaya brasa le dimos con el tema de los tomates para el desayuno), pepinos “como para quince”, pan y huevos duros. Todo un lujo para lo que nos venían preparando para desayunar días atrás. Nada como pedir… Otra cosa eran las condiciones del sitio, ya que los desayunos los sirven en un local cerca del hotel. Un mantel que no veía el detergente ya demasiado tiempo, unas paredes con cadáveres de mosquitos de distintas generaciones, unas sillas que mejor quemar… en fin.

VISITA DE LA CIUDAD DE TURPAN Y ALREDEDORES

Nuestra primera parada, a tan solo 4 km, Emin Minaret construido en honor al Emin Hezhuo en 1777, gobernador de la región. La entrada, 45 yuanes. Una estructura de 44 metros de altura de ladrillo de barro, el minarete más alto de China, junto a la ornamentada mezquita, más moderna en su restauración y también del color de la tierra caliza. Sigue el tradicional diseño islámico decorado en su interior con ventanas geométricas y una estructura interior sostenida por robustas columnas de madera que sí son originales. Tuvimos la suerte de estar solos. Al poco de salir, un bus repleto de chinos empezaba la visita; el ambiente desde luego, cambió de repente.

Desde aquí, a las ruinas de Jiahoe, de la dinastía Han, a unos 14 kilómetros de distancia. Una de las ciudades chinas antiguas mejor preservadas, donde llegaron a vivir 6500 personas hace 1600 años, lo que le ha servido para formar parte de los Patrimonios de la Unesco. También conocida por su morfología, como la ciudad acantilado o Yar City.

La entrada se paga al ingresar en una mal elegida decoración que hace las veces de exposición y que cuenta la historia de la ciudad. El precio, 70 por la antigua ciudad y 35 por visitar una antigua población Uygur. Accedimos en carritos eléctricos.

La ciudad se encuentra entre la confluencia de dos ríos, formando una isla de 1600 metros de largo por 300 de ancho, donde se construyó. Importante enclave, estratégicamente localizado, contaba sólo con dos accesos, al norte y al sur. Desde la entrada sur se alcanza la calle principal desde la que parten el resto de callejones y la ciudad. La escasa intervención humana hace que las estructuras se hayan conservado, contando con los siglos de antigüedad y los trágicos episodios aquí vividos, sobre todo tras la invasión mongol. La ciudad termina en un gran templo budista al norte, rodeado por las casas de los monjes. Estuvimos andando por la antiquísima ciudad algo más de una hora; esta vez sí había merecido la pena.

Desde aquí nos dirigimos a Karez System, al que se refieren como un brillante sistema de regadío de 2000 años de antigüedad. 40 yuanes la entrada. El sistema abasteció a muchas poblaciones de la zona para consumo humano y el regadío. Los pozos excavados en las montañas del Gobi, que alcanzaban hasta los 80 metros de profundidad, eran canalizados subterráneamente hasta los asentamientos humanos. Con esta circulación bajo el suelo evitaban la evaporación del agua con las altas temperaturas. Una obra de ingeniería que equiparan a la construcción de la Gran Muralla. El sistema sigue proporcionando el 50% del agua consumida en la actualidad. Una representación junto con herramientas antiguas utilizadas para la extracción del agua, maquetas y paneles explicativos es lo que se visita, si bien al final se baja a una parte de los antiguos canales.

Sobre las 13 horas, antes de emprender la vuelta a Urumchi, paramos a comer en Turpan. Los ratos que paramos cerca de un camino o carretera, los carromatos de los uygures se convierten en adicción para nuestras cámaras, al igual que nos pasaba en los viajes por India o el sudeste asiático con los tuk tuk. Las mujeres elegantemente vestidas con vistosas prendas de colores y el pelo recogido en coloridos pañuelos, los hombres con el tradicional gorro uygur y cuidadas barbas en los más mayores, y los críos sorprendidos y divertidos ante el objetivo, hacen que sea inevitable intentar capturar su paso. La realidad es que ha sido una pena no tener más tiempo para disfrutar de la cotidianidad de estas postales. Gustosamente hubiéramos renunciado a alguna visita el día de ayer. Hoy han sido más interesantes al menos.

De nuevo en la carretera para volver a la capital de la región. De camino, los pozos de petróleo, los molinos de energía eólica y la siesta… A las cinco de la tarde llegábamos de nuevo a Urumchi, con tiempo para hacer el check in y salir a conocer algo de la ciudad antes de la cena. Por la mañana volábamos a Kashgar y esta tarde era la única que podríamos aprovechar para la capital uygur. Antes de entrar a la ciudad, un nuevo control de policía, esta vez con solicitud de pasaportes incluidos.

Desde el hotel, el mismo de la noche de llegada y donde habíamos dejado nuestra mochila, tomamos unos taxis para el centro. El taxi para recorrer los 5 km hasta la zona que queríamos llegar, costó 14 yuanes. Lucy nos aconsejó salir antes de las seis de la tarde: a partir de esa hora el tráfico era muy denso, nos dijo. Esta vez no hubo que negociar la puesta en marcha del taxímetro, se dispuso automáticamente. Nos damos una vuelta por el centro. Llama la atención la fuerte presencia policial y, efectivamente, tiene mucho tráfico. Una ciudad moderna con una mezcla llamativa, tal vez impuesta, de razas…

Nos tomamos un birrilla en un moderno local, Yao A Yao, una cervecería con grandes alambiques de cerveza artesana. Caro, pero con una cocina increíble. Nos tomamos la cerve, 29 yuanes, riquísima, y tiramos para otros lares. Pero no caminamos mucho, un Pizza Hut hace llegar de nuevo a nuestros paladares sabores lejanos… De aquí, un taxi y al hotel, ¡mañana toca madrugar!

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