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Desde que salimos de España para viajar a Sudamérica otra de las escalas más importantes de nuestro viaje por Bolivia, teníamos claro que sería Potosí. La ciudad de Potosí posee una de las historias más apasionantes del continente, historia que la convirtió en la ciudad más importante de América, herencia que ha llegado hasta nuestros días. Tras visitar Sucre y recorrerla entera en tres días y conocer el Mercado de los Domingos de Tarabuco, nuestra siguiente escala nos permitió conocer lo mejor de Potosí en dos días. Sin duda, el alojamiento elegido en Potosí fue todo un acierto, y nos dejó pasear por toda la ciudad además de organizar la visita de la mina de Cerro Rico, una experiencia no apta para cardíacos…

Lunes, 6 de marzo de 2017. Potosí

Seguro que os suena la expresión “vale más que un Potosí”… Pues la verdad es que así era para nosotros, tan familiar como desconocida en origen. Don Miguel de Cervantes popularizó esta frase y no andaba desencaminado. Los españoles, desde el descubrimiento del Cerro Rico y la abundancia de plata en el mismo, no pararon de extraer el mineral durante siglos, dinero que financió en gran manera la expansión de la corona española y marcó el desarrollo de toda Europa. En los cuatro siglos de presencia española se estima en torno a 40000 toneladas de plata, unos 50 millones de dólares…

Al poco del establecimiento de la ciudad en 1545, comenzó la explotación minera: frente a ellos una gran montaña de plata ya conocida por el imperio inca, pero a la que estos no dieron importancia. En las siguientes décadas, Potosí, pasó a ser el centro económico del mundo y llegó a contar con una población mayor a la de ciudades como París. Declarada Villa Imperial, para los cronistas de la época era la octava maravilla del mundo. No es de extrañar que la ciudad creciera al abrigo de las minas y con ello, su riqueza arquitectónica, todavía presente en la actualidad a pesar del progresivo declive de su importancia.

Aún hoy día, pese al esfuerzo sobrehumano que supone el trabajo minero en tan duras condiciones, persiste el oficio, y todavía son numerosos los minerales que sigue produciendo la ciudad. Se estima que la riqueza minera del Cerro Rico es todavía elevada, y se empieza a hablar de la explotación a cielo abierto de la famosa montaña. Esto acabaría cambiando el paisaje para siempre y terminando con uno de los símbolos de la pujanza española de los siglos pasados y patrimonio arquitectónico de la humanidad. Por suerte, estos planes de algún presidente pasado no se han llevado a cabo.

Ciudad de Potosí

Pero a lo que veníamos. Los 4000 metros de altura a los que se encuentra la ciudad, se notan en el simple caminar. Aliviados en parte por los días de aclimatación en Sucre, pero todavía sin saber cómo nos afectará esta altitud, empezamos aquel lunes la visita de Potosí. Multitud de iglesias y conventos, casas coloniales y bellas calles empedradas que valieron la proclamación de la ciudad como Patrimonio de la Unesco en 1987. Antes aprovechamos el buen desayuno del Hostel. El muchacho brasileiro que andaba de encargado, recepcionista, tour operador… nos explicó cómo funcionaba, en un español la mar de gracioso.

Salimos hacia la izquierda por la calle Tarija, en dirección opuesta a la plaza. En seguida nos tropezamos con el Convento e Iglesia de San Francisco, levantada de adobe en 1547, lo que la convierte en la más antigua de Bolivia. En realidad, la actual es del siglo XVIII y está construida sobre la anterior. Un espectáculo de construcción realizada en tres grandes naves sostenidas por enormes pilares.

En el interior magníficos retablos y pinturas del famoso pintor boliviano Melchor Pérez de Holguín, fundador de la antigua escuela de arte de Potosí y que aparece en los billetes de 50 Bolivianos. Se puede subir a la torre del convento, previo pago. La entrada está junto a la imponente fachada y portón de acceso a la iglesia. La visita guiada dura en torno a una hora, pero nos escapamos y decidimos únicamente subir al mirador. Impresionante. Hicimos la visita totalmente solos y sin duda, es de las más bellas vistas de la ciudad, siempre con el gran Cerro Rico presidiendo la estampa. Al igual que sentimos en Sucre, nos pareció todo un acierto el abrir los tejados del templo al público.

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Bajamos, después del subidón emocional de lo visto, por la calle Nogales, antigua calle de las Víboras en la época española. Casi todas las calles guardan en sus carteles el nombre actual y el antiguo, circunstancia especialmente curiosa con estos nombres. Giramos por Bustillo e inmediatamente por un pequeño callejón, la parte final de la calle Chuquisaca. Aquí se aprecian todavía vestigios de las antiguas construcciones incas en las bases de las casas, de gruesas piedras encajadas.

El callejón sale a la Plaza de Santo Domingo y la iglesia de igual nombre, de 1612. Girando a la derecha por la calle Oruro, antigua calle del Rastro, nos cruzamos con la fotogénica calle Ayacucho. A la derecha encontraremos la Iglesia y Museo de Santa Teresa, de 1685. La visita del convento perteneciente a la orden de las Carmelitas Descalzas, lleva una hora y media y, de momento, decidimos dejarla para más adelante si daba tiempo.

Cruzamos la Plaza del Arce y enfilamos la Avda. Camacho hasta la Plaza del Estudiante, donde se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de Jerusalén y la Iglesia de San Bernardo. La primera de ellas, que atesora algunas pinturas de Holguín y que queríamos visitar, la encontramos cerrada. Nos informaron que abre a las cinco, cuando está el sacerdote. Salimos de la plaza por Oruro, en dirección al Mercado Central. Al frente una pequeña plaza donde la gente se afana en repelar sus platos. En un lateral, la Iglesia de San Lorenzo de Carangas. Merece la pena fijarse en la barroca fachada llena de simbolismo y mezcla de cultura andina (la luna, el sol, la pachamama), y símbolos profundamente religiosos, como el arcángel que preside la escena. Ese sincretismo al que no estamos acostumbrados en las iglesias españolas y que tanto nos sorprende, fue parte de la estrategia evangelizadora española.

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A partir de aquí, cruzamos por el interior del Mercado Central, saliendo a la calle Bolívar, a espaldas de la Casa de la Moneda. Desde ahí, callejeamos por los alrededores de la Plaza 10 de Noviembre. Cualquiera de las calles aledañas sorprende por sus casas. Nos quedaban los dos platos fuertes de Potosí: la visita de la Casa de la Moneda, que no intentamos, pues habíamos leído que cerraba los lunes; y la visita de alguna de las minas de Cerro Rico, que dejaríamos para mañana.

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A las 12 del mediodía y con prácticamente Potosí visitada, nos paramos en el Cherrys Café a tomar algo y descansar. Buscaremos en nuestras guías lugar para comer. Por cierto, hemos descubierto el curioso oficio de “ayudante a cruzar los pasos de cebra”… Sin duda una bonita iniciativa de la ciudad, y es que para cruzar los pasos en las horas de entrada o salida de la escuela, unas abnegadas cebras te ayudarán.

En una de las esquinas de 10 de Noviembre, y muy cerquita de nuestro Hostel, el restaurante Tenedor de Plata. Amplia carta de carnes y cuidada decoración. Lo acompañamos de una buena cerveza, Potosina, la que publicitan con orgullo como aquélla hecha en la cervecería más alta del mundo. Probablemente uno de los locales más caros de la ciudad, pero del que salimos satisfechos.

Para el café, cruzamos la calle, en la misma esquina: el Café La Plata, un precioso bar con una cafetera espectacular. Para los adictos al café, sabrán de que hablamos, una de esas cafeteras que en estos lugares casi produce el llanto. Disfrutamos de un rato de descanso, lectura, escritura y pintura de lo que tenéis entre manos.

La luz de la tarde era fastuosa, así que decidimos subir a la Torre de la Compañía de Jesús, construida en 1707 sobre las ruinas de la iglesia jesuita. A la entrada, la Oficina de Información y Turismo con gente súper amable. El horario para acceder al mirador de la Torre y las fantásticas vistas del Cerro: hasta las seis de la tarde.

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Un paso por Correos para envió de postales y ¡dos minutos de reposo en el Hostel! Llamadme flojo, pero los 4000 metros de altitud sobre el nivel del mar se notan…

Por la tarde, un paseo por las animadas calles de Potosí, la calle Junín, la calle Quijarro, la calle Bolívar… todas ellas una delicia en ambiente y auténticas joyas de arquitectura colonial. Anochece y no nos da sensación de inseguridad. Acabamos en el Café Pub 4060 (que son los metros sobre el nivel del mar a los que se encuentra), un sitio del rollo comida rápida, plagado de potosinos.

De vuelta al Casa Blanca, un súper a unos 200 metros, tras San Francisco, vende casi de todo. Nos sirve para avituallarnos para una improvisada cena. Mañana será otro día, aunque me temo que los compas del Hostel han decidido que es un buen día para alargarlo…

TIPs VIAJÉFILOS

Para el bolsillo

  • Hostal Casa Blanca, Potosí: 26 € la noche, en habitación doble con baño, aunque el desayuno de 2 € se paga aparte.
  • Subida a la torre del Convento de San Francisco: 20 Bo
  • Café y agua en Cherrys Café de Potosí: 13 Bol (2 €).
  • Comida en el Rest. Tenedor de Plata, con ensalada, plato principal de carne y cerveza para dos: 206 Bol (30 €).
  • Café La Plata: expresso por 10 Bol (1.5 €).
  • Torre de la Compañía de Jesús: 10 Bol (1.5 €).
  • Sello para envío de postal a España: 15 Bol (2 €).
  • Litro de Potosina en el Café Bar 4060: 30 Bol (4 €).

Tiempos y distancias

  • Casi todas las visitas guiadas, San Francisco o el Museo de la Merced, llevan aproximadamente una hora. La visita a la Casa de la Moneda son dos horas. Cuestión de priorizar.

Información útil

    • No perderse la subida al Convento e Iglesia de San Francisco. Las vistas del Cerro Rico y la ciudad sobre los tejados de la Iglesia son impresionantes.
    • En un día soleado, pensad que a 4000 metros, el sol quema muchísimo. Importante la protección solar. Os lo escribo desde la experiencia.
    • El mejor de los consejos: preguntad siempre por los horarios de visita. Creemos que cambian muy fácilmente.

Martes, 7 de marzo de 2017. Potosí

Visita de la mina de Cerro Rico

Para hoy teníamos reservada desde la noche anterior el clásico tour minero, así es como llaman a acercarse a las entrañas del Cerro Rico. Lo habíamos contratado, por comodidad pura y dura, y sin comparar mucho, con la gente del Hostel. Por 90 Bolivianos teníamos la opción de hacerlo en el grupo de la mañana, saliendo a las 9:30 o el de la tarde, a las 14:30. El tour incluye el transporte y no se diferencia de otros por lo que habíamos leído. La compañía, Potochij Tours, montada por una de las cooperativas mineras, emplea además a los mineros ya retirados, a edades habitualmente muy tempranas.

Temprano, bajamos a desayunar al patio del Hostel. Está claro que nuestra Handpresso hace furor.

Salíamos con muchas dudas de si adentrarnos en el corazón del Cerro Rico. La actividad no es en sí una atracción turística y realmente se desciende entre angostas galerías hasta el lugar de trabajo de los mineros. Éstos aceptan las visitas por los regalos que les llevan los turistas y porque quieren dar a conocer las duras condiciones en que trabajan, todavía, hoy en día. La mayoría de cooperativas mineras acepta estas visitas. Consecuencia de todo ello, habíamos leído que no era sencillo entrar, que había que pasar pasadizos muy estrechos y que era totalmente desaconsejable para claustrofóbicos. No es que lo fuéramos, o eso creo, pero tampoco nos resulta fácil meternos en “agujeros”. Veríamos lo que haríamos llegado el momento.

A las 9:30 salía el pequeño grupo desde el Hostel. Dos muchachas holandesas, una alemana, un argentino, el guía y nosotros. Al poco, nos equipan con un mono rojo, casco, linterna y botas de agua. Parece que esto va en serio.

La primera parada es en el Mercado Minero, donde se compran, aconsejados por el guía, los regalos para los mineros: hojas de coca, alcohol de 96º, tabaco, dinamita… Hacemos nuestra particular ofrenda con todo esto, a la pachamama y al “tío”, que trataremos de entender más tarde lo que es. No sabemos si nos tranquiliza el hecho de que nuestro simpático guía, y ex minero, sepa decir en muchos idiomas “cuidado con la cabeza”… La verdad es que este Antonio, que así se llama, hace amena la visita. Compramos cada uno un “combo”, que incluye, como digo, todo el equipo necesario para los trabajadores. Compramos también mascarillas para evitar inhalar tóxicos… Imaginaba esta parte del mercado más auténtica, en realidad, nos llevan a un súper donde nos explica el ritual habitual de compras de un minero y poco más.

Tras la visita al “mercado”, visitamos “los ingenios”. El material extraído cuenta con los cuatro minerales básicos: plata, plomo, zinc y estaño, así que tras ser sacado de la roca, pasan a “los ingenios”, aquellas máquinas que todavía hoy funcionan separando los materiales. Ésta es nuestra segunda parada, conociendo el proceso de separación de tan preciados productos. Aquí es donde nos aconsejan usar las mascarillas para evitar la inhalación de tóxicos, demasiados químicos que son empleados en esta selección. Las máquinas trituran la roca y mediante el proceso se llega a separar todos los minerales para su venta.

De aquí subimos a un mirador. Buenas vistas de Potosí y el Cerro, a 4200 metros de altura.

Y por fin, llegamos a la mina. Por fin es una manera optimista de decir “ya queda menos para que se acabe…”. El Cerro tiene 471 años de explotación en el momento actual y sigue produciendo mineral. Todavía funcionan 39 cooperativas, cada una de las cuales cuenta con sus propias entradas y galerías. Un total de 8000 mineros siguen trabajando en el Cerro. Visitamos una de las minas con 14 niveles, hasta 650 metros de profundidad excavados, aunque sólo bajamos cuatro de ellos. Llegar al nivel más profundo lleva aproximadamente una hora y media de descenso para los mineros.

En tramos, la cosa se pone muy difícil y realmente nos arrepentimos de haber entrado. Llegamos hasta una oquedad donde se ofrenda al Tío (palabra en la que derivó el término “Dios” para los mineros indígenas de la época de la conquista española). La imagen que visitamos es el Tío Jorge, el mayor de la mina y que tiene 25 años. Representa al diablo, ante la dificultad que suponía trabajar en el Cerro. Se estima que en la época de máximo apogeo murieron hasta 8 millones de indígenas en tan sólo un siglo. La figura del diablo se introdujo para obligar al indígena a sacar más mineral, un modo de amenazarlo. En este sitio, charlamos un rato con tres mineros en su rato de descanso mientras mascan coca. Nos explican los sueldos, el sistema de cooperativas con el que funcionan, la dureza del trabajo. Realmente esto no es un teatro y esta gente no son actores. Sobre una hora y media más tarde salimos a cielo abierto ¡por fin!

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Casa de la Moneda de Potosí

Las dos de la tarde y estábamos de nuevo en la ciudad. Nuestro objetivo es visitar la Casa de la Moneda. Estimamos que la duración de la visita es de dos horas. Para comer algo rápido, nos metemos a por un par de sándwiches en el Café La Plata.

Y a las 15:15, como relojes, andábamos en la Casa de la Moneda para emprender la visita, guiada sin más remedio. La entrada para la visita se realiza a través de dos grandes patios, el primero porticado en todos sus lados y con una bella fuente de piedra en el centro.

Fundada la primera casa, 30 años después del asentamiento de la Villa Imperial, en 1750 se fundó este segundo edificio, el “Escorial de América” como se le terminó llamando. Según leímos, uno de los más caros del continente y una de las inversiones más rentables de La Corona Española, que empezó a acuñar la moneda en plata directamente salida del Cerro. Carlos I llegó a decir que el edificio se había hecho en plata después de conocer el precio final que hubo de invertir. Parece que por aquel entonces los constructores ya comenzaban a inflar los presupuestos…

Las primera monedas que se acuñaron, conocidas como máquinas, eran talladas manualmente una a una hasta el siglo XVIII y tenían igual valor en España y en América. La casa de Potosí funcionaba junto a las casas de Lima y Méjico que acuñaban las monedas de oro.

Subiendo a la primera planta se accede a la sala de Melchor Pérez de Holguín, el famoso pintor de Cochabamba y fundador de la escuela de arte de Potosí como dijimos. Su dominio del claro oscuro lo asemeja a Zurbarán según los expertos. La siguiente sala, es la sala Mariana, donde se exhiben pinturas representativas del conocido arte barroco mestizo. El más famoso, el de la Virgen del Rosario, de Luis Niño. En todas ellas se vuelve a poner de manifiesto la estrategia eclesiástica aprovechando la simbología y las creencias indígenas para trasmitir el mensaje cristiano, aquella suerte de sincretismo religioso que tan buen resultado le dio. Una tercera sala, el salón Colonial, muestra las obras de distintos artistas indígenas.

En la sala de numismática se exponen las monedas acuñadas de toda la época colonial. Aquellas primeras, las macuquinas, talladas a mano con hasta un 93% de plata, y que se realizaron hasta 1772 aproximadamente. Dada la maleabilidad de su material, con tan alto porcentaje en plata, eran “pellizcadas”, guardando para otros fines parte de ese material en cada transacción. Aparecían pues, con el paso de los años, aparentemente mordidas en todos sus lados. Más adelante y para evitarlo, serían realizadas con un 80% de cobre y bronce, monedas que se conocieron como columnarias. Le confería mayor resistencia y eran grabadas desde entonces con una máquina fabricada para ello. Esta nueva composición, con sólo un 20% de plata y la nueva manera de acuñarlas, dificultó igualmente su falsificación que por entonces era un auténtico problema para la Corona. Se conservan las enormes máquinas laminadoras que daban el grosor adecuado a los lingotes para su posterior procesado. Los enormes artilugios de madera fueron traídos desde Cádiz a Buenos Aires, y de allí a su actual emplazamiento; viaje que tardó 14 meses en ser realizado.

Ya en la planta baja, la sala donde las mulas hacían funcionar las laminadoras y los hornos para la fundición. Todo de dimensiones descomunales. Imaginamos lo que supuso su instalación para la época. Junto a los hornos, una serie de salas aprovechadas actualmente para exponer todo tipo de objetos de la época, creados en plata. Y es que numerosos orfebres de todo el mundo se desplazaron hasta aquí en estos años, creando auténticas obras de arte. La visita de la parte colonial termina en el patio que da acceso a los once hornos de fundición, uno de ellos convertido en sala de exposiciones de minerales, y otro conocido como sala de balanzas.

A partir de aquí se emprende visita de la parte republicana de la Casa de la Moneda. Se exponen en esta zona las máquinas de vapor y las máquinas eléctricas que se empezaron a utilizar tras la declaración de independencia. Las monedas dejaron de ser de plata y pasaron a ser de cobre.

Tal vez nuestra expectativa era muy alta y la visita no acabo de convencernos, si bien los datos históricos ofrecidos resultan francamente interesantes.

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Catedral de Potosí

Salimos a las cinco de la Casa de la Moneda, todavía con tiempo de visitar la catedral y así lo hicimos. Para entrar, hasta las seis de la tarde, hay que llegar por detrás de la misma. La catedral, edificada a primeros del siglo XIX, ha sido recientemente restaurada y sólo sirve para el culto los domingos. Nos llama la atención que no hay nadie haciendo la visita y la muchacha abre el templo para nosotros. Subimos los fatigosos escalones hasta el campanario, obteniendo de nuevo, unas vistas privilegiadas del omnipresente Cerro y la ciudad. Tal vez la vista sea lo más interesante, pues la catedral en si, carece de atractivo en su interior.

Y ésta es nuestra última visita de Potosí, seguros de que algún rincón habremos dejado en el tintero, pero satisfechos de haber exprimido dos buenos días en conocer esta parte de nuestra historia. Potosí nos dejó el mejor de los sabores en este bocado. Una ciudad tan cargada de historia, que resulta inabarcable en este relato, pero que al menos hemos tratado de acercar. Fue, es y, estamos seguros será, a pesar de los negros augurios que le vaticinan, una esplendorosa Villa Imperial por siempre, al amparo de su cerro de plata.

Dedicamos lo que los quedaba de soleada tarde a perder el tiempo, qué mejor lugar. Organizarnos para la mañana siguiente (nuestro próximo destino, Cochabamba), fue coser y cantar.

TIPs VIAJÉFILOS

Para el bolsillo

  • Tour a las minas de Cerro Rico: 90 Bol (13 €) por persona.
  • Combo de regalo minero: dinamita, alcohol, coca y tabaco por 20 Bol cada uno. Para eso hay que ser honesto en nuestra opinión, alguno de nuestros compañeros de “excursión” se escaqueo de llevar sus presentes y, desde luego, ratearle este gusto a los mineros no nos pareció correcto.
  • Café la Plata: dos Sandwiches de atún, dos colas y dos cafés, por 77 Bol (11 €).
  • Casa de la Moneda: 40 Bol (6 €) más 20 Bol por la cámara.
  • Catedral de Potosí, incluida la subida a la torre: 20 Bol (3 €).
  • Lata Potosina 473 ml en el súper: 11 Bol (1.5 €).
  • Cuatro excelentes tomates en el súper: 4 Bo

Tiempos y distancias

  • Tour minero, incluidas las visitas al mercado, mirador, ingenios y mina: 4 horas y 30 minutos. En el interior de la mina pasamos unos noventa minutos que fueron interminables.
  • Visita de la Casa de la Moneda: 1 hora y media.

Información útil

  • Hay que pensarse muy mucho la visita a la mina, en mi opinión. Una hora y media bajo la mina es muy duro y en tramos se hace realmente claustrofóbico, teniendo que pasar “a gatas”. La visita en sí es muy interesante, pero realmente hay que tener muy claro dónde vas.
  • La Casa de la Moneda de Potosí está cerrada los lunes como escribí. De martes a sábado dos visitas por la mañana: a las 9:30 y a las 10:30 y tres por la tarde: 14:30, 15:30 y 16:30. Los domingos sólo en el horario de la mañana).
  • Si quieres ahorrar un dinero en comidas y aprovechar la cocina del Hostel, a poco más o menos 300 metros tienes un súper grande y con todo lo que puedas necesitar. Para llegar, hay que caminar un par de cuadras a espaldas de San Francisco.

Nuestro próximo destino como digo, Cochabamba, ¡la tierra de la eterna primavera!

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