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Volábamos hacia Bujara por la mañana. El vuelo Urgench-Bujara con Uzbekistán Airways costó 69 € en su día. Yaloladin, nuestro anfitrión en Khiva, se había deshecho en atenciones durante nuestra estancia en el hotel, a pesar de ser los más folloneros o de por poco pegarle fuego a una habitación y tal vez a Khiva entera… Sin duda, un sitio en el que deberíais quedaros si visitáis esta antigua perla de la ruta. Nuestros taxis esperaban en la puerta; de nuevo los 30 minutos hasta Urgench y un nuevo vuelo. Ya quedaban muy pocos.

Por delante, la visita de Bujara, otra de las más bellas ciudades de Uzbekistán y un nuevo enclave de la Ruta de la Seda que visitaríamos en nuestro viaje por Asia de ida y vuelta.

Todos los artículos que le dedicamos a nuestros días de viaje en Uzbekistán:

Recorrido de viajefilos de 10 días por Uzbekistán

Día 36. Lunes 3 de Octubre. Khiva-Bujara

A las 9:35 salíamos hacia Bujara, otro as del trío de ciudades uzbecas imprescindibles. Bujara alcanzó el máximo esplendor tras la conquista árabe, convirtiéndose en el siglo X en un enclave fundamental en el mundo, junto con El Cairo, Córdoba o Bagdad, uno de los centros culturales, religiosos y comerciales.

Tras una hora en el aire mientras leíamos ésta y más información de nuestro destino, aterrizábamos en el lugar. Para las dos noches siguientes teníamos reservadas habitaciones en el Hotel Khurjin (53 euros la doble, por las dos noches). Conseguir los taxis no costó nada, evidentemente conocen los horarios de los pocos vuelos que llegan. Cobraron 25000 soms por taxi.

Las habitaciones, aunque pequeñas, eran más que suficientes, y daban todas a un bonito patio interior. Al llegar nos ofrecen unos frutos secos y un vino, todo un detalle. Aprovechamos la wifi para buscar una alternativa para el último día: el plan inicial era llegar por carretera hasta Bishkek, atravesando dos pasos fronterizos, saliendo hacia Kazajstán, pero eran al menos 10 horas de vehículo. Así que andábamos buscando un vuelo que nos acomodara.



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En éstas que se nos hace la hora de comer y salimos a la ciudad. A escasos metros del hotel, la agradable Plaza de Labi Hovuz junto al estanque del mismo nombre, corazón del centro antiguo, de 1620. En el centro, la estatua de Nasriddin, un filósofo árabe de renombre, y considerado uno de los maestros del sufismo. Además, autor de ocurrentes cuentos famosos en la época y hasta nuestros días.

En un lateral de la plaza, la Madrasa de Nodir Devonbegi, actualmente con varias tiendas de souvenirs y artesanías en su interior, además de sitios donde descansar y tomar algo. Los precios en la zona, se notan demasiado aumentados para el turismo. Enfrente de esta madrasa, la Nadir Divanbegi Khanaka, un edifico histórico utilizado para la educación y transmisión sufí y entre ambas, la Madrasa Kukeldash de 1569, en su día la escuela coránica más grande de Asia Central, con hasta 160 celdas en dos niveles.

Saliendo por una calle, nos adentramos en el antiguo barrio judío. Aunque la mayoría de hebreos inmigraron a Israel, la Sinagoga Masjidi mantiene el culto hoy día. El señor que allí se encuentra nos invita a pasar. Realmente callejear por el barrio judío o la sinagoga, en sí carece de atractivo, pero andamos buscando un restaurante, el Minzita, que finalmente encontramos. Reconozco que esta vez “la otra guía” acertó: un local construido en madera, con una agradable terraza y mucha variedad de viandas uzbecas, básicamente a base de pollo y ensaladas, y muy buena atención. Todos los platos estaban buenos. La comida salió a unos 4 euros y lo mejor de todo, como siempre que sacábamos “el taco”, contar el montón de billetes de la cuenta.

Desde aquí bajamos al Bazar Toqi Sarrafon, elegantemente reconstruido. Y justo al lado, el Maghoki Attar, un antiguo mercado de hierbas y especias, y actualmente un museo de alfombras. Aquí se ubicaba la mezquita más antigua de Asia Central. Cruzando la calle, otro pequeño bazar, Telpak Furushon, atractiva arquitectura árabe ahora convertida en tiendas de souvenirs: sombreros, camisetas, teteras, prendas de vestir, alfombras, las famosas miniaturas pintadas… un paraíso de compras en el que el ambiente pone la guinda. Todo esto se producía en lo que para nosotros era una pequeña tormenta de arena, supongo que para ellos, la normalidad.

Y más bazares y más madrasas y más mezquitas, hasta 300 llegó a tener la ciudad en sus años de máximo apogeo. Imaginamos la importancia histórica de la urbe ante tal cantidad de edificios emblemáticos. Si Khiva aparecía envuelta en la ciudadela, aquí todo se mezcla junto a la población, dotándola de mayor vitalidad.

Y por fin llegamos a uno de los mejores sitios de la ciudad, la Madrasa Mir I Arab, del siglo XVI (no visitable en su interior). Una impresionante fachada de coloridas cerámicas azules y verdes rodeada a ambos lados de ladrillo. Frente a ella, la Mezquita Kalon construida en 1127 y destruida por Gengis Khan. El Minarete, con sus 47 metros de altura, debió ser el edificio más alto del Asia Central y el propio Gengis Khan se resistió a destruirlo. La entrada a la enorme mezquita, según leímos con capacidad para 10000 fieles, costó 6000 soms.

Y a media tarde, embobados con todo lo visto y gran parte de la cuidad prevista para visitar mañana… volvemos a descansar un rato a nuestra madrasa particular. Retomamos el intentar localizar un vuelo Tashkent-Bishkek que nos arregle la vuelta y a buen precio. El muchacho se ha puesto en contacto con un amigo de una agencia, pero no nos convence por horario el vuelo. La página de Astana, la compañía que lo opera, es un desastre y no hay manera… Nos probamos con otra web y… nada de nada.

La tarde-noche la pasamos con el frío en la madrasa, disfrutando de unos buenos vinos y quesos que nos sirvió amablemente el muchacho. Desde luego, otro de los sitios ¡100% recomendables para pernoctar en Bujara!

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Día 37. Martes 4 de Octubre. Bujara

Amanecíamos después de una fantástica noche de sueño en nuestras celdas de la madrasa (no nos cansaremos de recomendar el lugar). Un opíparo desayuno con huevos, queso, yogurt, arroz, mermeladas, mantequilla… y un fantástico pan recién horneado, fue lo que le faltaba al inicio del día. La nube de arena de la tarde anterior había desaparecido, y un soleado día empezaba para nosotros.

Salimos en el sentido contrario de la tarde de ayer. Lo primero a lo que nos acercamos fue al Chor Minor, una mezquita Patrimonio de la Humanidad, cuyo nombre significa “cuatro minaretes”, por las cuatro torres que lo coronan. Construido en 1807 por el mercader Khalif Niyazkul. Aunque se llame así, no son realmente minaretes, han sido utilizados como almacenes. Todos están cubiertos por bella cerámica azul. De estilo indio, es una rareza arquitectónica en Bujara y de indudable belleza. Subir a una de las cúpulas, la única visitable, cuesta 4000 soms. En el reducido interior, una tienda más de souvenirs.

Desde aquí y de nuevo en dirección al casco antiguo, volvemos a callejear por la vieja Bujara con una luz totalmente distinta. Aprovechamos para un buen café la Plaza de Labi Hovuz, en el restaurante junto al estanque. Ahora el sol empieza a calentar y hay que reconocer que los árabes sabían dónde colocar los establecimientos. Un lugar con dos teterías donde compartir mesa con la gente de la ciudad, y descansar a la sombra de los grandes sauces. Bujara sin duda, mantiene la vitalidad de siglos pasados, acertadamente restaurada y con un enfoque eminentemente turístico, pero tremendamente agradable para dejar pasar las horas.

Nos dirigimos tras el buen rato pasado leyendo acerca de la historia de la ciudad, hacia La Fortaleza del Emir, conocida como El Arca. De camino, una bella plaza y estanque octogonal, Govkushon, frente a la atractiva madrasa, trabajadamente restaurada, del siglo XVI.

La antiquísima Fortaleza, “una ciudad dentro de la ciudad”, fue edificada en el siglo V y constituye la construcción más antigua de la villa. Una impresionante muralla levantada sobre una colina artificial de 20 metros de altura la protege, si bien no sirvió de mucho con el devenir de los siglos. Según la leyenda, es el primer emplazamiento en Bujara, con 2500 años de antigüedad, originándose tras la huida de un príncipe que después de casarse con la hija del rey de Samarcanda se emplazó en este lugar. Tras ello, una tras otra, fueron varias veces las que fue destruida y vuelta a construir en este enclave, hasta la catástrofe  de 1929, cuando el ejército rojo terminó por bombardear la ciudad y dejarla en ruinas.

Pero antes de entrar, merece la pena cruzar la calle como hicimos, y conocer la Mezquita del Viernes, para nosotros la más bella de Bujara. Una serie de delicadas y esbeltas columnas de madera mantiene el trabajado artesonado al frente. Se puede visitar el interior gratuitamente y resulta igual de deslumbrante.

La entrada al fuerte, 6000 soms por persona y 3000 más por la cámara, se hace a través de una gran puerta custodiada por dos almenas. Nada más entrar, la Mezquita del Viernes de la fortaleza, igualmente sostenida por antiguos pilares de madera. Más adelante la sala de coronaciones, un amplio patio central, rodeado por tres lados de áreas techadas para los invitados. Arriba, lo que queda de las dependencias, dedicadas hoy día a exponer fotos antiguas junto objetos de la época. Detrás, como vemos a través de una pequeña ventana, sólo resta una vasta extensión de ruinas. Sin duda, poco queda de aquella gran ciudad que fue durante siglos, esa en la que leímos que un relojero italiano, tras ser hecho esclavo, consiguió vivir para construir un gran reloj al khan con el que medir el tiempo, pero que terminó decapitado al no querer abrazar el Islam…

Y después de este atracón de historia, cruzamos la calle de nuevo y tomamos algo en la terraza del Bolo Hauz Chaikhana. Lo que pretendía ser un refresco vs una cerveza, acabó en la comida. Ternera, noodels, ensaladas, pan… unas birras y refrescos por 32000 soms pp. Nos pareció caro, seguramente pagamos de más por su localización.

De nuevo en marcha, y muy cerca la Mezquita y el Minarete Kalon, los abordamos esta vez por detrás. Paseamos tras los mismos por un mercado enteramente dedicado a las joyas, donde multitud de gente local compra y vende anillos, pulseras, pendientes, colgantes…, todo tipo de joyería en definitiva. A juzgar por la multitud, el mejor sitio de la ciudad para comerciar con ello. Allí mismo nos acercamos a un nuevo cambista, y tras negociar, conseguimos el cambio del euro por los 6850 soms que venimos tratando desde nuestra entrada al país.

Echamos un buen café en un pequeño local frente a la Mezquita y la Madrasa, aprovechamos la wifi y evitamos un rato del intenso calor que cae. De nuevo en la calle, momento para nuevas fotos de la fantástica plaza y los monumentos, y un rato para tiendear, con prácticamente toda la ciudad visitada, con mucha tranquilidad.

Y para descansar el tiempo que queda de tarde, nada como parar en el restaurante junto al estanque y tomarse una cervecilla: una Sarbast Special ¡bien merecida!

Y lo que en principio era una cerveza terminó siendo todo un cervezefilos, momentazo con música en directo, patatas fritas como las de la abuela, enormes pinchos de verdura y cordero y una fantástica puesta de sol en Bujara. Aunque lo mejor vino con la noche y el baile…

Sin duda Bujara nos dejaba el mejor de los sabores en el paladar. Una ciudad viva en la que la gran cantidad de historia que atesora se manifiesta en la riqueza de sus edificios, bazares, madrasas y mezquitas por doquier. El aprovechar dos días para, además, disfrutar de su gastronomía, de su gente y de las compras, por que no, fue de lo más acertado. Se iban notando las muchas jornadas de viaje y estos días, con más tiempo y tranquilidad para disfrutarlos venían ahora como anillo al dedo. Atrás quedó la etapa de madrugar, de visitas relámpago. Uzbekistán nos estaba gustando al tiempo que relajando, ante una vuelta a la cotidianidad, cada vez más cercana.

Los enlaces que aparecen en azul de alojamientos y transporte nos dan ese pequeño beneficio. ¡Gracias!

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